Los adolescentes tienden a llenar de compartimientos su fe, de manera que sus compromisos del domingo no provocan impacto alguno sobre el resto de su vida semanal. Es muy propio de los adolescentes cristianos que vivan su fe de una manera dividida, los domingos son santos, los días entre semana…
El ambiente en que se desenvuelven ejerce una gran influencia sobre ellos. De manera que este individuo puede adaptar su comportamiento a las expectativas que el ambiente tenga sobre él. En casa se comporta de la forma que los padres esperan; en la iglesia, de acuerdo a los parámetros que debería seguir, según sus líderes, y, finalmente, con los amigos, como la mayoría lo disponga.
Esta etapa y sus características se convierten en la estructura primaria de la fe de muchos adultos.
A la vez se trata de una fe convencional, en el sentido de que el adolescente la moldea por las actitudes de la gente con que se relaciona en un momento determinado. Por eso el gran peligro de esta etapa es que ellos se acomoden a una fe de segunda mano, que no sea propia ni personal, simplemente la aceptan de la familia o de otros adultos sin apropiarse de ella tras pasarla por un periodo de prueba y reflexión.
La primera se relaciona con su sensibilidad a las opiniones, juicios y expectativas de las personas con las que ellos quieren congraciarse. En esta edad, el grupo de amigos es altamente significativo, y por tanto, sus opiniones también.
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